Pequeña, de ojos grandes y saltones, siempre sonriente y con un consejo acertado para cualquier situación, así era mi amiga Clara, a quien mi hijo amorosamente le decía que era una Hobbit porque él tenía siete años y estaban casi de la misma estatura.

Era tan juguetona que parecía una niña y cuando se quedaba al cuidado de Axel, convertían la casa en una zona de campamento, en una biblioteca o en un balneario, iban tomados de la mano a donde su imaginación los llevara.

Clara murió a los 50 años. Mi mamá, nos llevó al velorio a mi hijo y a mí en Atlixco, su ciudad natal, todos lloramos su partida. Inicialmente se hizo amiga de mi madre, a quien conoció como colega en una escuela primaria, eran la mancuerna perfecta, eran libres y honestas.

Clara estuvo casada y al separarse por sufrir violencia física por parte de su pareja, quien es un abogado, se llevó a sus dos hijos que tenían entre cinco y siete años.

Un año después tras discusiones sobre la falta de pago de pensión el hombre le quitó la patria potestad de los menores con el argumento de que estaba emocionalmente impedida para atenderlos.

Y es que los padres de Clara ayudaron a su ex marido declarando, ante las autoridades, que su hija estaba loca, eso era preferible que aceptar la responsabilidad de un abuso sexual en agravio de una menor que vivía con los abuelos y que también era hija de Clara, niña a la que sus padres no le permitieron criar por haber sido madre soltera antes de casarse.

Devastada y sin poder hacer nada al respecto por falta de recursos y de asesoría legal, ya que en la primera década de este siglo que un padre se llevara a los hijos sin el consentimiento de la madre no era un delito, dejó ir a sus pequeños sin pelear, lloró en silencio mientras les ayudó a hacer sus maletas y después también ella partió dejando el departamento que rentaba en Puebla para regresar a Atlixco.

De inmediato buscó a mi madre para vivir una temporada con ella. Lloraba la mayor parte del día, se bañaba poco y a veces, se emborrachaba y se salía a buscar a sus hijos a quienes pensaba que encontraría por los campos de flores de los viveros de Cabrera, en donde vivió con ellos una temporada.

Tras caminar por horas gritando y llorando llamando a sus hijos, cual “La Llorona”, Clara se quedaba dormida en alguna banqueta, los maestros que fueron sus compañeros de trabajo, los padres de familia y todos los que la vieron deambular por las calles de Atlixco, también la llamaron «loca«.

Quienes sabían que Clara era amiga de mi mamá, le marcaban para que fuera por ella o la llevaban a su casa. Un día Clara dejó de tomar y decidió olvidar.

Juzgada por la sociedad, revictimizada por las autoridades y abandonada por su familia, Clara perdió su empleo de maestra, así que comenzó a ayudar a sus amigas en labores de aseo o en el cuidado de adultos mayores y niños.

Por temporadas su ex esposo le regresaba a los niños. A veces tenían que huir con lo que llevaban puesto para que no los encontraran, pero solo llegaban a Puebla y se escondían en algún cuarto de las populosas colonias del sur de la ciudad.

Con el paso del tiempo la falta de recursos hizo que el hijo mayor de Clara regresara a vivir con su padre, en tanto terminaba sus estudios. Después el otro hijo siguió a su hermano, mientras ella se fue a vivir a una colonia antorchista, en donde le prestaron un cuarto construido con algunos tabiques y láminas a cambio de que cuidara un predio.

En ese lugar encontró el amor al lado de un hombre más joven, un albañil que estaba fascinado con su experiencia de vida, pero ella ya cargaba un malestar irreversible. Su presión arterial un día explotó, cayó en el piso y nunca más volvió a abrir sus grandes ojos.

Mi amiga Clara era dueña de una conversación fascinante, producto de su paso por la facultad de psicología de la BUAP y de ser partícipe de movimientos políticos de izquierda, era la mujer más cuerda que conozco, así que le confié el cuidado de mi más grande tesoro, mi hijo.

Clara fue víctima de violencia vicaria, pero fue llamada «loca», cuando lo único que quería y merecía era ser feliz con sus hijos.

Una ocasión, sentadas frente al mar Clara me dijo que desde la universidad no había regresado a la playa y que soñaba con llevar a sus hijos. Seguramente desde el cielo guiaras su viaje y aparecerás entre la espuma de las olas del mar para abrazarlos.

Hace 13 años mi querida Guadalupe Gálvez y yo llegamos a Veracruz para romper cadenas entre las olas del mar, mientras Clara tomaba de la mano a nuestros hijos para cuidarlos en el viaje.

Clara hoy que ya no estás con nosotras te cuento que todos aquellos que nos llamaron «locas» no volverán a hacerlo, que hay una Ley Vicaria que los hará callar. Seguro estás bailando y cantando en el cielo las canciones de Mercedes Sosa y Joaquín Sabina.

Te agradezco por toda la eternidad tu cariño con mi hijo porque sé que a través de sus ojos veías los de tus hijos. 

Una respuesta a “Clara (La Loca) y el amor por sus hijos”

  1. Tu escrito deja ver cuánto amor lleva la Gitana Insurrecta, sí conocí a Clarita, la describes tal cual era, gracias!

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