Las cámaras del bar Imperio, ubicado en Tehuacán, registraron como Oscar Isaac Martínez Lezama, de 36 años, esperó a la joven afuera del establecimiento y de como, al encontrarse, se tomaron de la mano, caminaron juntos y desde ese momento, Karina  jamás volvió a ser vista.

Tras la denuncia por desaparición de persona y la entrega del video del bar, a los investigadores ministeriales, en donde se ve a Karina y Oscar juntos, Marisela y su familia recibieron una amenaza telefónica.

Una llamada anonima que le realizaron al esposo de Marisela (que lograron grabar como prueba judicial) un hombre informó que Karina estaba viva: “La chamaca está trabajando, no la quiero mandar en pedazos. Lo tengo bien ubicado (…) ¿qué no sabe cómo es este desmadre o que madres? ¡Póngase vivo! No me salga con una mamada o nos llevamos a la otra”. 

La advertencia mortal era que dejaran de buscar a Karina y que se fueran con su otra hija que entonces tenía nueve años.

Ese día Marisela y su familia abandonaron todo. Vivienda, muebles, familia y amistades quedaron atrás y se ocultaron por años.

Tiene poco tiempo que esta mujer ya dice su nombre. Mucho tiempo se hizo llamar Paloma, así pudo participar en brigadas de búsqueda de personas desaparecidas en el norte del país, dónde aún radica.

Para poder continuar la búsqueda de su hija Karina en Puebla, Marisela se contactó con el colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla, quienes llevan la fotografía de su hija y la buscan entre las vivas y las muertas.

El pasado 21 de agosto de 2022, se cumplieron seis años de la desaparición de Karina y Marisela regresó a Puebla para ir a una iglesia y hablar con Dios. 

Quizás le reclamó que los hombres que debieran procurar e impartir justicia se encubran e ignoren su dolor de madre o, quizás, decidió despedirse de su hija porque ya es tiempo de hacerlo. Solo ella lo sabe.

Después de 70 meses de estar desplazada Marisela ya no tiene miedo. Está consciente de que las autoridades de Puebla la abandonaron, que nunca le llamaron para darle tan solo una pista del paradero de su hija, a quien asegura la capturó una banda de tratantes en la que estaba involucrado Martínez Lezama, quien tenía una relación de tan solo seis meses con Karina.

“Hace seis años yo era feliz porque tenía a mis dos hijas. Fue como si me quitaran un brazo. No me quiero ir de este mundo sin encontrarla, aunque sea sus restos, para que en la tumba podamos descansar juntas. Nunca he podido hacer una misa, no la puedo dar por muerta, no lo acepto. No sé si ya entregársela a Dios”, contó.

Sentadas en la mesa de un café, también platicamos sobre el impacto económico que sufren las familias de las personas desaparecidas, quienes abandonan sus empleos para ir a varillar predios en donde pueda haber fosas clandestinas o para descender barrancas en donde pudiera haber restos de cuerpos.  

Marisela dice que el dinero deja de tener importancia cuando no están los hijos, y que siempre hay forma de sacar recursos trabajando en lo que sea.

DESAPARECER A LOS 21

Cony Aguayo García, integrante del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla, interviene en la conversación y recula; dice que no hay peor desgracia en este país “que se te desaparezcan a un familiar y no tengas recursos para buscarlo”.

Cony recuerda el caso de Alexis Sánchez Cabanzo de tres años de edad, visto por última vez en un evento escolar en Ixhuapa, Zoquitlán, el 2 de diciembre del 2021. 

La señora Refugia, la mamá del niño, dijo que se volteó unos instantes para ponerle el suéter a su otra hija pequeña y al regresar la mirada, Alexis ya no estaba.

Un testigo declaró ante las autoridades que vio como un hombre joven se lo llevó aprovechando la espesa neblina que caía en el patio escolar. El niño aún está desaparecido y la Alerta Amber se lanzó hasta este año.

“Cuando hablamos con Refugia estaba perdida, sin saber que hacer, ni a dónde ir. Sin dinero, sin nadie que la apoyara. Si de por sí es una desgracia tener a un familiar desaparecido, no tener recursos lo hace peor. Nosotros somos los que pagamos gasolina para vehículos o transportes para desplazarnos a otras ciudades, equipo para hacer búsqueda, comidas, etc”, contó.

Esta mujer de 36 años de edad busca a su sobrina Galilea Cruz Aguayo, quien despareció en diciembre de 2018, cuando la joven tenía 21 años. La última vez que la vio fue al subir al auto de Omar Ramírez, quien era su pareja y con quien tenía una relación violenta.

Debido al poco tiempo que tenían juntos Galilea y Omar, además de las constantes peleas, el hijo de la joven -que en ese entonces tenía tres años- se quedó al cuidado de la mamá de Galilea, que es hermana de Cony.

Narró que esperaron que Galilea regresara a casa para las fiestas decembrinas, pero no lo hizo y tampoco fue el Día de Reyes a ver a su hijo, ni llegó el 14 de enero del 2019 que era su cumpleaños número 22.

Al día siguiente, el 15 de enero, varios de los integrantes de la familia Aguayo García se presentaron en el departamento de Omar. No había nadie y colgaba un letrero que decía “Se renta”.

Cony señaló que estaban conscientes de que era una mala relación para su sobrina debido a que Omar la celaba tanto que la incomunicada, así que Galilea, cuando podía, les llamada desde casetas telefónicas públicas.

“Empezamos la búsqueda desde cero, tocando puerta por puerta hasta dar con el paradero de una hermana de Omar de la que solo sabíamos que era veterinaria. Cuando lo vimos, después de que su hermana lo mandó a traer, él se presentó con otra mujer de características físicas similares a las de Galilea, nos dijo que era su esposa y que se había separado de mi sobrina desde septiembre de 2018, lo que era falso”, contó.

Hoy Cony es el sostén de su familia en lo que respecta a la búsqueda de Galilea. La mamá de la joven fue hospitalizada tras la desaparición de su hija, además de que sigue un tratamiento médico por ansiedad.

Galilea Cruz Aguayo tampoco ha sido buscada adecuadamente. Cony aseguró que, por dos años, la Fiscalía General del Estado (FGE) de Puebla realizó indagatorias de oficina, tiempo en el que ellos recorrieron la ciudad y los municipios circunvecinos colocando fichas de búsqueda caseras.

En el 2020 Cony conoció a María Luisa Nuñez Barojas, fundadora del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla y ese día todo cambió. 

Ahora Cony no solo busca a Galilea, ni Marisela solo a Karina. Ellas buscan a todas y todos los desaparecidos, buscan un México que se desquebraja ante el incremento de desapariciones forzadas y ante la ineficiencia de las autoridades de todos los niveles de gobierno.

Me confiesan que solo se sienten a gusto entre buscadoras de desaparecidos porque pueden contar mil veces la misma historia y sentirse comprendidas y cobijadas. Dicen que las entrevistas las desgastan porque es volver a sentir con la misma intensidad el dolor pero también es una catarsis para renovarse y tomar más fuerza.

“Con el paso de los años no es que ya no duela, sino que somos más resistentes”, dice Marisela. Añade que ahora sabe dónde y con quien llorar y dónde y con quien no hacerlo.

“Debo regresar a casa y seguir siendo un roble para mi otra hija, pero aquí adentro (me señala su corazón) estoy llorando, aunque me veas sonreír”.

Cony, aún no es madre y admira la fortaleza de las que los son y están buscando a sus hijos. Ella ahora da talleres de prevención, está convencida que las mujeres pueden detectar cuando algo en una relación de pareja está mal y así puedan partir a tiempo.

“No te hablo solo de prevención de violencia o de adiciones, sino de como nosotras no debemos quedarnos en lugares en dónde no debemos estar. Todas nosotras ahora nos acuerpamos en las búsquedas, yo las miro y veo su fortaleza y digo vamos adelante”.

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